Gobierno y Comunicación

Reproducimos aquí la editorial “La Semana Política” de la edición del 25 de abril de 2010 de el diario El Mercurio. Al final, comentarios.

Fuente: El Mercurio

Inhibición comunicacional

Las nuevas autoridades sufren una evidente inhibición comunicacional. Pese a las oportunidades que al respecto plantean el terremoto y el desafío de relevar a una coalición después de estar dos décadas fuera de la administración del Estado, sus principales personeros se inclinan por un trabajo silencioso, rehuyendo la exposición y los riesgos envueltos en la toma de posiciones públicas y el diálogo directo con la comunidad.

Eso contrasta con el vértigo comunicacional que mostraron los gobiernos de Lagos y Bachelet, y que alcanzó niveles superlativos durante este último. El vasto aparato comunicacional liderado desde la Secretaría de Comunicación y Cultura se impuso hasta el último día de Bachelet. Prueba de ello fue la rigurosa producción de la despedida de la Mandataria al abandonar La Moneda para entregar el mando.

Hoy no se advierte una acción comunicacional organizada entre las nuevas autoridades, salvo excepciones, como el manejo y la coordinación exhibidos en el control de la violencia del “día del joven combatiente” y las apariciones del Mandatario en terreno, especialmente en las zonas afectadas por el desastre. Ministros con reconocida trayectoria académica y profesional, a cargo de implementar el cambio de gestión que se ofreció al país, trabajan en sus gabinetes, con escasa presencia y debate público.

Comunicar supone una acción política y la resolución de someterse al juicio público, por momentos severo e injusto, a juicio de sus protagonistas, pero consustancial al hecho de ser parte del Gobierno, que en nuestro régimen presidencial incluye a ministros, subsecretarios, jefes de servicio e intendentes. Si estos últimos se retraen comunicacionalmente, esa responsabilidad recae exclusivamente en el Presidente y en un puñado de ministros que, por la relevancia de sus carteras -como Interior, Hacienda o RR.EE.- o por talento personal -como Lavín en Educación y Golborne en Minería-, están cotidianamente exponiéndose y comunicando la acción gubernamental. En cambio, hay áreas muy activas del Gobierno, como el plan habitacional desplegado para enfrentar el déficit habitacional agudizado por el terremoto, o el impulso a la concesión de hospitales y la modernización de su gestión, cuya comunicación a la opinión pública es escasa o inconstante.

Persuasión y opinión pública

Las nuevas autoridades, en especial los ministros, deben extremar sus esfuerzos por socializar sus propuestas en la opinión pública, ya que el apoyo ciudadano puede ser decisivo para su éxito. Esos planteamientos compiten por recursos económicos escasos -que administra Hacienda- y dependen de un apoyo legislativo esquivo -con mayoría opositora en el Senado-, con cierta independencia de su rigor técnico o de la calidad profesional del equipo que las sostiene. Esa labor de comunicación y persuasión es especialmente fecunda en los comienzos de un gobierno, pues la ciudadanía está en disposición de escuchar y retener los lineamientos centrales de la nueva gestión.

Por esa vía, los 22 ministros de Estado pueden proyectar un perfil más nítido de lo que se pretende alcanzar en cada sector. Y, dado el relevo tras 20 años, es fundamental que den a conocer el estado en que asumieron sus respectivas dependencias en cuanto al avance de los proyectos en marcha y los recursos públicos. Esto no con carácter de denuncia, sino de sana práctica de auditoría, que debiera constituir un estándar de cualquier nuevo gobierno.

Ese escrutinio no puede quedar a la voluntad de las autoridades salientes, algunas de las cuales han hecho sus respectivos balances. No es razonable, por ejemplo, que en programas tan complejos como el Transantiago la opinión pública carezca de un cuadro claro de cómo se entregó en cuanto a pérdidas económicas y a su plan de estabilización. O que no se entregue a la ciudadanía un informe acabado sobre el estado de ejecución de iniciativas profusamente difundidas, como el ambicioso plan de realizaciones para el Bicentenario que esbozó Ricardo Lagos y mantuvo Michelle Bachelet, pero que, por la información disponible, presenta escasa materialización efectiva.

El respaldo presidencial

El exceso comunicacional en que pueda haber incurrido la administración anterior -con altos gastos- no es argumento para evitar la acción que corresponde al actual Gobierno en esta materia. Esa tarea tampoco se sostiene con el solo argumento de haber elevado la calificación de los equipos profesionales -como ha ocurrido- y esperar los frutos de su gestión.

Los diseños y fórmulas para una política comunicacional pueden ser muy diversos. Pero, independientemente de la vía que se siga, él debe ejecutarse con prolijidad y no repetir episodios tan graves como el protagonizado esta semana en torno a la dirección del diario La Nación. Inicialmente, todo gobierno suele tender a centralizar la información y aparición de sus figuras para evitar errores y descoordinaciones, pero ese ejercicio sofoca la labor comunicacional e, invariablemente, fracasa.

El Gobierno, en particular el Presidente Piñera, debe asumir los errores y tropiezos que con seguridad experimentará uno u otro personero en su intervención pública, pero debe transmitirles confianza y respaldo, para animar a sus colaboradores a asumir los riesgos políticos propios e inevitables del debate público.

Comentario de DirCom:

Con agudeza aborda La Semana Política la importancia de labor comunicativa para el Gobierno. Lo que hemos visto en esta nueva etapa, sin duda, difiere de las autoridades anteriores, evidentemente en términos de asignación de recursos, pero también en el estilo. Hasta ahora, la construcción de la narrativa del Gobierno tenía más de “campaña permanente” que de una adecuada noción de qué implica la acción comunicativa desde la autoridad. Es de esperar que la profesionalización en el ejercicio de la comunicación, tanto de cara a la ciudadanía como dentro de las mismas instituciones del Gobierno, sea la tónica de la nueva presidencia.
Hemos visto algunos errores, pero también varios aciertos. Aún es muy temprano para dar un veredicto de cuál será el sello definitivo. Por lo mismo, parece apropiado aconsejar y desear a las nuevas autoridades mantener el sentido de urgencia que se ha predicado, pero con la vara máxima que brinda la prudencia.

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