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No Pienses en un Elefante

Esta es la primera tarea (en inglés, “Don’t Think of an Elephant!”) que el profesor de ciencia cognitiva de Berkeley, George Lakoff, da a sus alumnos el primer día de clases y sobre la cuál versa su libro homónimo. Lo que intenta explicar con este ejercicio es cómo funciona un frame o “marco conceptual” (por aventurar una traducción). La palabra “elefante” evoca un determinado marco conceptual sobre el cual damos sentido a esa palabra y que, en este caso, está compuesto por imágenes y otras formas de conocimiento: animal, orejas, patas, circo -el Rey de España, podría agregar alguien-, etc. Lo desafío estimado(a) lector(a) a que trate usted de hacerlo y piense si logra “no ver” un cuadrúpedo de orejas prominentes como el de Paulmann o Disney… Lo relevante del ejercicio es que comprueba que el simple hecho de negar un marco conceptual evoca al mismo y que, por tanto, lograr que la mente salga de ese marco, o no lo refiera, es muy complejo. Tanto es así que el propio Lakoff afirma que nunca ha recibido un alumno que logre efectivamente “no pensar en un elefante”.

Existe muchísima literatura referida al framing que se puede consultar y desde hace mucho tiempo. Por lo mismo, a esta altura sorprende que en la centroderecha en Chile no lo hayan entendido y no se hayan tomado cartas serias en el asunto, como sí lo ha hecho la izquierda, desde hace ya mucho tiempo. El profesor Lakoff y muchos como él lo hicieron en 2004 en Estados Unidos y llegaron con Obama a la Casa Blanca. En nuestro país La Alianza llegó a La Moneda y la centroderecha no ha sabido pensar en el futuro ni en cómo forjar una narrativa común que pueda hacer frente al ejército de actores y el mar de ideas que la izquierda ha articulado notablemente, sociólogos, antropólogos, comunicadores, historiadores, abogados, cientistas políticos y un amplio etcétera, mediante. El “NO” es el gran articulador de este grupo y su discurso. Comenzó con el “no” a Pinochet y se ha perpetuado con un fuerte y claro (y muy antidemocrático por lo demás) “no” a la derecha, y bajo ese halo se ha articulado la influencia que ha ejercido este sector en el país. Consideraciones aparte, ha sido notablemente efectivo. Tanto así que a nivel de discurso político, como sociedad todavía nos domina un marco conceptual de discordia y no hemos podido avanzar en la construcción de un Chile dialogante, con proyección y positivo. Esta retórica de la negación pudo sumar adherentes con un ejercicio comunicacional excepcional ycuyo epítome es el arcoíris de la Concertación. El marco conceptual al que refiere la imagen del arcoíris y tantas otras en adelante (el dedo de Lagos, Pinochet detenido, y un largo etcétera de diversas manifestaciones políticas y culturales), es un terreno ganado e incluso más: la centroderecha se dispara día tras día en los pies tratando de refutarlo.

En el último tiempo la carrera presidencial en curso da nuevas muestras de esta debilidad de la centroderecha y la habilidad de la izquierda para ganar terreno. La estrategia del silencio de Bachelet y el #EsPosible de la campaña de Golborne, dan cuenta de ello. La primera sumando puntos en “mute”, el segundo volviendo una y otra vez a tratar de ganar en una cancha – como la de las emociones- que la ex presidenta ya domina. Es la propia centroderecha la que habla una y otra vez de Bachelet intentando desacreditarla, pero sus puntos no bajan en las encuestas. La centroderecha necesita dejar de “pensar en el elefante” y buscar un nuevo marco conceptual sobre el cual construir adhesión para conseguir otro período en La Moneda. Para eso se deben definir los propios valores y principios -como lo han intentado Pablo Ortúzar y Francisco Javier Urbina en “Gobernar con principios. Ideas para una nueva derecha”– y construir sobre esa base una narrativa propia, proactiva y positiva. Nadie dijo que será fácil, pero si se dedican los recursos y esfuerzos necesarios, sin duda que eso sí posible.

 

Nota: Esta columna fue publicada originalmente en Chile B.

Si y No

Ayer pude ir a ver NO, la película. Sin duda fue un ejercicio de reflexión y emocional, y en términos generales, coincido con Carmen Sofía Brenes en el veredicto: una película muy inteligente. Pero como toda obra (y toda comunicación), se libera de las intenciones que ha intentado imprimir su autor (sea el director, sea el guionista, sea el productor) y, aunque pueden coincidir, lo importante es lo que se interpreta desde la butaca, el sillón o la cama, y las acciones a las que puede mover. Va aquí mi “versión-butaca”.

SI
La película nos lleva a un momento ineludible en la historia de Chile, el plebiscito de 1988, desde la perspectiva del creativo publicitario, René Saavedra. Desde su perspectiva, se nos narra el proceso de creación de la franja televisiva de la campaña del NO. Con los códigos publicitarios y frente a mucha adversidad y adversarios, se logra imponer la conceptualización de Saavedra y la alegría sería la promesa y la idea central de la franja, a pesar de las ganas de la mayoría de la oposición de retratar los abusos, el miedo, el terror, la “verdad”.

La historia, sin duda, es un acierto. La narración, funciona. La actuación (a excepción de García Bernal, pienso), excelente. Pero sobretodo, la película propone un tema que vale la pena comentar y discutir, por lo que se agradece. Sin embargo, como todo cine, no lo hace desde la vereda de la objetividad (no podría), sino desde la opuesta y, alguien podría argumentar, desde la ideológica.

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Fuente: La Nación

NO
En la cara opuesta, la película trasunta una opinión política desde dos perspectivas: primero, que a la política chilena y a los políticos, les falta creatividad y sintonía con las personas, y segundo, que la derecha es peor que la izquierda. Sin duda, no se puede reprochar que así sea, pero el cine, como toda comunicación, debiera aspirar al bien común y a la unidad y NO, atornilla en sentido contrario.

Por una parte, pienso que la ridiculización de los políticos en general y de la derecha en particular que se observa en la película, es un recurso burdo. Útil, pero burdo. Nadie discute que una película como ésta retrate y condene los abusos a los derechos humanos cometidos, pero la banalización, la estereotipización, la estupidización del adversario, no parece el mejor camino para justificar la posición propia, al contrario, es un demérito pues el camino fácil nunca será el excelso.

Otra arista negativa tiene que ver con la vocación de perpetuidad de la película. En muchos pasajes, los símbolos declaran la pretensión de extensión del ambiente que describe la película a nuestros días. Entre otros ejemplos y detalles, no es casual que aparezcan los protagonistas de la historia real, interpretándose a ellos mismos y exacerbando las diferencias físicas entre presente y pasado, pero manteniendo el discurso. Como si el guión nos dijera que ayer y hoy, el escenario es el mismo y, por ende, que la división, las banderas de lucha, lo que Chile necesita, es seguir viviendo con el muro del plebiscito entre nosotros. NO retrata el Chile de 1988, pero se exhibe en 2012, eso no hay que olvidarlo.

SI y NO
El cine chileno, especialmente el espectador chileno, necesitamos desafío. NO, es un desafío. Una prueba de la memoria, un test de reflexión, una provocación intelectual. Pero es también una opinión, una declaración, una proclama. Por lo mismo, pienso que es muy inteligente. Muy inteligente porque cumple con su vocación por la discordia (basta ver la campaña publicitaria de la película y las noticias y twitter por estos días, para darse cuenta). Lamentablemente le falta vocación por el diálogo y el respeto. Una verdadera vocación por la alegría.

Nota: me declaro absolutamente lego en teoría del cine o siquiera algo parecido. Por lo mismo repito, esta es mi humilde versión-butaca. Y si hubiere a cualquiera ofendido, desde ya me disculpo.

No pienses en el Arcoíris

La última columna del profesor Gonzalo Rojas no puede pasar desapercibida. No porque sea buena o mala en su racionamiento, sino porque da cuenta de un mal síntoma social y, en particular, del grave problema en el que no hace más que profundizar la centroderecha y quienes la representan en los espacios de discusión pública, especialmente en los medios de comunicación.

La afirmación que intenta refutar el académico -aquello de que no existiría un movimiento social- no hace más que validar y asentar la “idea-fuerza” que utiliza Girardi, como lo refleja el actuar del Ministro Beyer que el mismo Rojas menciona. La izquierda unida, hace ya varias décadas, ha entendido la importancia de la comunicación, del lenguaje, de las palabras, de las percepciones, y ha sabido configurar una narrativa común para dominar las ideas y el escenario político y cultural de los últimos treinta años en Chile. No es este el espacio suficiente para un debate en profundidad para explicar en detalle lo anterior, pero creo que se puede, en algunas líneas, sintetizar el fondo del argumento que sostiene estas afirmaciones y el mecanismo por el cuál ocurre este fenómeno.

“No pienses en un elefante” (Don’t think of an elephant!). Esta es la primera tarea que el profesor de ciencia cognitiva de Berkeley, George Lakoff, da a sus alumnos el primer día de clases. Lo que intenta explicar con este ejercicio es como funciona un frame o “marco conceptual” (por aventurar una traducción). La palabra “elefante” evoca un determinado marco conceptual sobre el cual damos sentido a la misma y que en este caso, está compuesto por imágenes y otras formas de conocimiento: animal, orejas, patas, circo -el Rey de España podría agregar alguien-, etc. Pero lo relevante del ejercicio es que comprueba que el simple hecho de negar un marco conceptual evoca el mismo, y que lograr que la mente salga de ese marco o no lo refiera, es muy complejo. Tanto es así que el propio Lakoff afirma que nunca ha recibido un alumno que logre efectivamente “no pensar en un elefante”.

Existe muchísima literatura referida al framing que se puede consultar y desde hace mucho tiempo. Por lo mismo, a esta altura parece inverosímil que en la centroderecha no lo hayan entendido y no se hayan tomado cartas serias en el asunto, como sí lo ha hecho la izquierda en Chile, desde hace ya mucho tiempo. El profesor Lakoff y muchos como él lo hicieron en 2004 en Estados Unidos y llegaron con Obama a la Casa Blanca. La Alianza llegó a La Moneda (en un hecho que en retrospectiva es cada vez menos comprensible) y la centroderecha no ha sabido pensar en el futuro ni en cómo forjar una narrativa común que pueda hacer frente al ejército de actores y el mar de ideas que la izquierda ha articulado notablemente, sociólogos, antropólogos, comunicadores, historiadores, abogados, cientistas políticos y un amplio etcétera mediante. El “NO” es el gran articulador de este grupo y su discurso. Comenzó con el no a Pinochet y se ha perpetuado con un fuerte y claro (y muy antidemocrático por lo demás) no a la derecha, y bajo ese halo se ha articulado la influencia que ha ejercido este sector en el país. Consideraciones aparte, ha sido notablemente efectivo. Tanto así que como sociedad todavía nos domina un marco conceptual de la discordia y no hemos podido avanzar en la construcción de un Chile dialogante, con proyección y positivo. Esta retórica de la negación pudo sumar adherentes con un ejercicio comunicacional excepcional y cuyo epítome es el arcoíris de la Concertación. El marco conceptual al que refiere esta imagen y tantas otras en adelante (el dedo de Lagos, Pinochet detenido, y un largo etcétera de diversas manifestaciones políticas y culturales), es un terreno ganado e incluso más, la centroderecha se dispara día tras día en los pies (¡y con una ametralladora!), tratando de refutarlo. La columna de Gonzalo Rojas es un claro ejemplo de esto y creo que ya es tiempo de que podamos construir un Chile sobre nuevos marcos conceptuales.

La explicación de las iniciativas cívicas que hace Rojas en su columna es muy clarificadora, pero no da cuenta del significado profundo de aquello a lo que refiere la expresión “movimientos sociales” y que el ex Presidente Lagos ha refundido en “fuerzas sociales”. Están buscando un nuevo arcoíris, pero los chilenos necesitamos más que sólo un fenómeno óptico que se desvanece. Esto no sólo para conseguir el poder (si fuesen las intenciones de la centroderecha), sino porque cada uno de los chilenos nos merecemos la oportunidad de soñar un país distinto, un país mejor, un Chile virtuoso, un Chile alegre. Para eso necesitamos superar el estadio de la discordia y desde todos los espectros, políticos, ideológicos, académicos, comunicacionales y los que sean necesarios, debemos cambiar el diálogo, reconstruir la confianza social y pensar un Chile mejor. Ya lo dijo Nicanor Parra: “la izquierda y la derecha unidas / jamás serán vencidas”. Tiene toda la razón. ¡No pienses en el arcoíris!

Nota: el texto fue enviado a la sección Cartas al Director del diario El Mercurio para ser publicada el día siguiente de la columna de Gonzalo Rojas mencionada.

Confianza Social y el rol de la Comunicación: Conclusiones de Enade 2011

En general, este 2011 hemos visto muy buenas presentaciones de empresarios, emprendedores, estudiosos, trabajadores… y comunicadores. Cifras alentadoras, severos diagnósticos, proyecciones maravillosas, terribles augurios. De todo pudimos ver y oir (via streaming, debo agregar y felicitar). Sin embargo, creo que todos los análisis apuntaron a un tema central y que no se circunscribe únicamente al mundo de la empresa: la confianza.

Todos coincidieron, en mayor o menor medida, de una u otra forma, en que la pérdida de confianza entre autoridades y ciudadanos, entre instituciones y personas, entre unos y otros, es el peor de los males actuales.

Entre todas, me quedo con un par de intervenciones que, creo, dieron en el clavo en el remedio a la situación que vivimos en Chile y -pienso que no es aventurado afirmarlo- en el mundo entero.

Primero, el actual Director de Prensa de Televisión Nacional de Chile, Enrique Mujica, pondiendo al ciudadano y la explosión de sus opiniones a través de las nuevas tecnologías, resumía la receta con la siguiente fórmul: “la desconfianza se vence sólo con las palabras y con el diálogo”.

Segundo, el abogado y consultor, Jorge Navarrete, coincidía en sus observaciones y cierra su presentación con un video que temrina en: “Nunca subestimes el poder de una gran historia”.

En brevísimo, el quid es y sigue siendo la comunicación. Pues bien, quisiera compartir una líneas del tremendo libro “Teoría de la Comunicación: una Propuesta” del maestro de la Universidad de Navarra, Manuel Martín Algarra, quien nos recuerda el fin profundo de la verdadera comunicación y nos puede ayudar a entender dónde están las falencias actuales y cómo podemos recuperar la confianza social.

“La integración que produce la comprensión es el fin de la comunicación. Esa comprensión se alcanza en la correspondencia de lo expresado con lo interpretado: cuando lo desconocido deja de serlo y se supera una más de las barreras que nos separan. La interacción comunicativa produce la superación de las diferencias que existen entre los seres humanos por su condición de individuos, produce la comunión y la integración social, supera el aislamiento que muchas veces deviene en violencia.”

Agrego a estas líneas, una frase que usara el mismo Martín Algarra para retomar las clases en la Universidad de Navarra, el día después del atentado de ETA en 2008: Desinunt odisse qui desinunt ignorare.

Nota para no chilenos: anualmente en Chile, ICARE organiza la jornada denominada Encuentro Nacional de la Empresa (ENADE) donde exponen personajes de gran relevancia para el país, respecto a distintos temas contingentes y de futuro.

Gobierno y Comunicación

Reproducimos aquí la editorial “La Semana Política” de la edición del 25 de abril de 2010 de el diario El Mercurio. Al final, comentarios.

Fuente: El Mercurio

Inhibición comunicacional

Las nuevas autoridades sufren una evidente inhibición comunicacional. Pese a las oportunidades que al respecto plantean el terremoto y el desafío de relevar a una coalición después de estar dos décadas fuera de la administración del Estado, sus principales personeros se inclinan por un trabajo silencioso, rehuyendo la exposición y los riesgos envueltos en la toma de posiciones públicas y el diálogo directo con la comunidad.

Eso contrasta con el vértigo comunicacional que mostraron los gobiernos de Lagos y Bachelet, y que alcanzó niveles superlativos durante este último. El vasto aparato comunicacional liderado desde la Secretaría de Comunicación y Cultura se impuso hasta el último día de Bachelet. Prueba de ello fue la rigurosa producción de la despedida de la Mandataria al abandonar La Moneda para entregar el mando.

Hoy no se advierte una acción comunicacional organizada entre las nuevas autoridades, salvo excepciones, como el manejo y la coordinación exhibidos en el control de la violencia del “día del joven combatiente” y las apariciones del Mandatario en terreno, especialmente en las zonas afectadas por el desastre. Ministros con reconocida trayectoria académica y profesional, a cargo de implementar el cambio de gestión que se ofreció al país, trabajan en sus gabinetes, con escasa presencia y debate público.

Comunicar supone una acción política y la resolución de someterse al juicio público, por momentos severo e injusto, a juicio de sus protagonistas, pero consustancial al hecho de ser parte del Gobierno, que en nuestro régimen presidencial incluye a ministros, subsecretarios, jefes de servicio e intendentes. Si estos últimos se retraen comunicacionalmente, esa responsabilidad recae exclusivamente en el Presidente y en un puñado de ministros que, por la relevancia de sus carteras -como Interior, Hacienda o RR.EE.- o por talento personal -como Lavín en Educación y Golborne en Minería-, están cotidianamente exponiéndose y comunicando la acción gubernamental. En cambio, hay áreas muy activas del Gobierno, como el plan habitacional desplegado para enfrentar el déficit habitacional agudizado por el terremoto, o el impulso a la concesión de hospitales y la modernización de su gestión, cuya comunicación a la opinión pública es escasa o inconstante.

Persuasión y opinión pública

Las nuevas autoridades, en especial los ministros, deben extremar sus esfuerzos por socializar sus propuestas en la opinión pública, ya que el apoyo ciudadano puede ser decisivo para su éxito. Esos planteamientos compiten por recursos económicos escasos -que administra Hacienda- y dependen de un apoyo legislativo esquivo -con mayoría opositora en el Senado-, con cierta independencia de su rigor técnico o de la calidad profesional del equipo que las sostiene. Esa labor de comunicación y persuasión es especialmente fecunda en los comienzos de un gobierno, pues la ciudadanía está en disposición de escuchar y retener los lineamientos centrales de la nueva gestión.

Por esa vía, los 22 ministros de Estado pueden proyectar un perfil más nítido de lo que se pretende alcanzar en cada sector. Y, dado el relevo tras 20 años, es fundamental que den a conocer el estado en que asumieron sus respectivas dependencias en cuanto al avance de los proyectos en marcha y los recursos públicos. Esto no con carácter de denuncia, sino de sana práctica de auditoría, que debiera constituir un estándar de cualquier nuevo gobierno.

Ese escrutinio no puede quedar a la voluntad de las autoridades salientes, algunas de las cuales han hecho sus respectivos balances. No es razonable, por ejemplo, que en programas tan complejos como el Transantiago la opinión pública carezca de un cuadro claro de cómo se entregó en cuanto a pérdidas económicas y a su plan de estabilización. O que no se entregue a la ciudadanía un informe acabado sobre el estado de ejecución de iniciativas profusamente difundidas, como el ambicioso plan de realizaciones para el Bicentenario que esbozó Ricardo Lagos y mantuvo Michelle Bachelet, pero que, por la información disponible, presenta escasa materialización efectiva.

El respaldo presidencial

El exceso comunicacional en que pueda haber incurrido la administración anterior -con altos gastos- no es argumento para evitar la acción que corresponde al actual Gobierno en esta materia. Esa tarea tampoco se sostiene con el solo argumento de haber elevado la calificación de los equipos profesionales -como ha ocurrido- y esperar los frutos de su gestión.

Los diseños y fórmulas para una política comunicacional pueden ser muy diversos. Pero, independientemente de la vía que se siga, él debe ejecutarse con prolijidad y no repetir episodios tan graves como el protagonizado esta semana en torno a la dirección del diario La Nación. Inicialmente, todo gobierno suele tender a centralizar la información y aparición de sus figuras para evitar errores y descoordinaciones, pero ese ejercicio sofoca la labor comunicacional e, invariablemente, fracasa.

El Gobierno, en particular el Presidente Piñera, debe asumir los errores y tropiezos que con seguridad experimentará uno u otro personero en su intervención pública, pero debe transmitirles confianza y respaldo, para animar a sus colaboradores a asumir los riesgos políticos propios e inevitables del debate público.

Comentario de DirCom:

Con agudeza aborda La Semana Política la importancia de labor comunicativa para el Gobierno. Lo que hemos visto en esta nueva etapa, sin duda, difiere de las autoridades anteriores, evidentemente en términos de asignación de recursos, pero también en el estilo. Hasta ahora, la construcción de la narrativa del Gobierno tenía más de “campaña permanente” que de una adecuada noción de qué implica la acción comunicativa desde la autoridad. Es de esperar que la profesionalización en el ejercicio de la comunicación, tanto de cara a la ciudadanía como dentro de las mismas instituciones del Gobierno, sea la tónica de la nueva presidencia.
Hemos visto algunos errores, pero también varios aciertos. Aún es muy temprano para dar un veredicto de cuál será el sello definitivo. Por lo mismo, parece apropiado aconsejar y desear a las nuevas autoridades mantener el sentido de urgencia que se ha predicado, pero con la vara máxima que brinda la prudencia.

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DirCom de Gobierno II

Con el nombramiento del periodista Mauricio Lob como nuevo director de la Secretaría de Comunicaciones, Secom, se abre un nuevo escenario de análisis para las tareas de la Segegob en el nuevo gobierno.

En un post anterior planteábamos las preguntas respecto del rol que debe cumplir la Segegob. A ello, hoy se suma el papel de la Secom. En el sitio web oficial se describen las tareas de ésta última. Sus principales responsabilidades tienen que ver con la relación del Gobierno con los medios de comunicación, nacionales e internacionales.

Por ello, el nombramiento en el cargo del ex coordinador de política de Reportajes del diario La Tercera, viene a confirmar un perfil técnico en cargos de relevancia. Bajo el gobierno de Bachelet, desempeñaba el cargo Juan Carvajal, quien operaba, además, como asesor directo de la Presidencia. A raíz del terremoto su rol de asesor se vio expuesto, al ser indicado como uno de quiénes habían aconsejado a la Presidenta el retraso de la orden a las fuerzas militares de salir a la calle para resguardar el orden entre la ciudadanía.

El perfil de Lob nos permite intuir que se tratará de una gestión más dedicada a las relaciones con los medios de comuncación, es decir, con sus pares periodistas. Siguiendo esta lógica, parece un nombramiento acertado en cuanto Lob puede establecer una buena relación con los periodistas del área por su cercanía profesional, al mismo tiempo que tendrá una gran capacidad para planificar las estrategias y acciones en relación con las tareas de la Secom, en cuanto maneja los códigos, prácticas y tiempos de los medios de comunciación.

Con el paso de los días podremos ir afinando nuestras opiniones contrastando con los hechos. Es de esperar que tanto la Segegob a nivel global, como la Secom en su área de competencia, puedan llevar a cabo una tarea profesional de máxima calidad, no porque le convenga al Gobierno, sino porque en toda su dimensión, un buen trabajo en estas áreas será de beneficio para todos los chilenos. De otra forma (si predominan intereses políticos o las encuestas de imagen personal, por ejemplo), las funciones para las que existen ambas reparticiones verán, nuevamente, desprestigiada su posición ante la ciudadanía. Ya veremos qué ocurre con las Secres.

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Marketing versus Comunicación

Uno de los grandes temas en tendencias de este nuevo siglo, han sido las repercusiones de internet y los medios sociales en el desarrollo del marketing y las comunicaciones. Mucho hemos oído hablar de la influencia que se puede alcanzar a través de estos nuevos medios, aspecto particularmente relevante para organizaciones, marcas, productos.

Pero existe una arista que no he percibido suficientemente en el debate. Las posibilidades de estas nuevas tácticas ponen el foco en las relaciones con las personas por sobre las campañas dirigidas a ellas. Como afirma The Social Media Manifesto “Monologue has given way to Dialogue”, pero esta máxima confirma que  se están diluyendo las barreras entre el marketing y las comunicaciones.

El marketing ha estado asociado siempre a objetivos comerciales. Con el advenimiento de los social media, esta disciplina se funde cada vez más con las labores de comunicación institucional. Si consideramos que este acercamiento será cada vez mayor podemos plantear algunas inquietudes: ¿es el marketing una disciplina de comunicación? ¿son actividades distintas? ¿cuál de ellas abarca la otra?

La respuesta, creo, se encuentra en el objeto de una y otra. La orientación comercial del marketing limita sus alcances en cuanto sus objetivos serán medidos en función del número de transacciones que consiga, en cambio, las comunicaciones tienen como fin poner en contacto, o relación, dos o más personas, sea con fines comerciales o no. Esta simplificación puede no ser muy académica, sin embargo, representa en síntesis lo que cada una de estas disciplinas abarca y, por ende, revela el hecho de que la comunicación se encuentra en un estadio superior que su actual competidora.

Esta disyuntiva no sólo tiene consecuencias de estudio, sino que para el presente y futuro de las organizaciones presenta nuevas complejidades en cuanto a sus estructuras. ¿El encargado de marketing debiera, por tanto, estar bajo la responsabilidad del encargado de la comunicación?

Esta y otras cuestiones, quedan abiertas y a la espera de sus opiniones.

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